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= Espirales de Tinta por Juan Cruz Piccirilli =

= Capítulo 1: Esperando el amanecer = Era un lugar frío y estaba lejos de parecer acogedor. Sin embargo, una extraña familiaridad me unía a cada uno de los perdedores que se encontraban allí sentados. El mozo tenía ojos cóncavos, profundos y desorbitados que parecían no llenarse ante el desesperante vacío existencial. Era al único al que podía confiarle mi historia porque su cara me recordaba a la de mi abuelo y sentía que con él podía descargarme. Miré a mi alrededor y vi aquellas almas en pena que por su estado de ebriedad parecían ignorar lo que ocurría allá afuera, pasándose allí todos sus miserables días.

Recordé sus ojos verdes que se volvían miel con el sol. Es gracias a mi corazón roto, quizá, y a la resilencia que aún hoy, sin que ella esté aquí, puedo dedicarle mil poemas más. Sólo yo sé quién soy; recordaba cada vez que me desangraba cuando de mí huía, cada lágrima que se derramó en mi rostro al ver que de este vacío no hallaba salida.

Escuché con normalidad las bombas en las calles explotar ¿Qué haré esta vez si me pierdo? Si ya no vuelvo a sentir el calor de su mano junto a la mía… estaba cediendo, me estaban ganando, bombas explotaban y marzo me ganaba.

Le pedí una botella de cerveza al mozo. Con el primer sorbo de ese dulce licor empecé a recordarla y  me desinhibí; le conté de la mujer que había amado, le conté del miedo a que en mi memoria hoy se desdibuje su rostro,  de mi miedo a no hallarla más en mis sueños. Pero huían mis recuerdos.

Mejor arranquemos por el principio.

Conservaba permanente esa imagen incrustada en mi cabeza: la de aquella tarde, cuando apenas era un niño caminando solo entre las casi desiertas calles de esta ciudad, con el pavimento roto por el calor y la lluvia, lleno de crímenes e intoxicaciones. Los policías recorrían estos barrios todo el tiempo buscando algo que no sabía con certeza qué era, buscando respuestas, cosas que yo a tan corta edad no entendía, ¡la gente había empezado a desaparecer! Ahí y ahora. Fue cuando mi mundo se vino abajo y todo empezó a salirme mal. Me enteré de que mi abuela había muerto y no podía hacer nada al respecto; desde ese momento lo único que vieron mis ojos fue dolor. Ese fatídico día me encontre con mi alma desolada que ya estaba hecha pedazos. Ahora yo formaba parte de esa nada de la que había tratado de huir, de tanto caminar, de tanto dedicarme a la búsqueda de respuestas ante ese abominable vacío, llegué a ver la imagen de cómo yo mismo me encontré caminando en una esquina. Lloraba perdido en el mundo, perdido en la vida.

Muchas fueron las noches en las que luego no pude dormir. El miedo me invadía. Traté de buscarla por todas partes pero nadie me decía nada en concreto. ¿A donde había ido? Abracé a mi madre como nunca antes la  había abrazado.

Seguía ahogando penas en mi vaso de cerveza, sentado en la barra. Miles de cosas se me venían a la cabeza, y me arrepentía tanto de haberla tenido tantas veces de frente y nunca haberle podido decir un simple te amo… Y me pongo pálido, me cortaría la garganta para desangrar las palabras que nunca pude decirle, mi cabeza parece que va a estallar, porque los nervios llegan cuando uno frente a los demás se siente demasiado pequeño; no son ni de cerca buenos momentos.

Pese a que el mesero me miró con cara rara, yo continúe narrándole mi historia.

En la escuela me iba mal, sufría de insomnio y me retumbaban los gritos de mis padres en la cabeza. Estaba cansado de todo, de tanta presión y de que me vivan diciendo lo que tengo que hacer, lo que está bien y lo que está mal. Necesitaba de un nuevo comienzo para encontrar mi calma, para decidir y pensar. Pero siempre estaban con lo de que luego de terminar la escuela tenía que conseguir trabajo para ganar plata y ser alguien.

¿Qué tiene de malo lo que nosotros queremos? Eso no le importa a nadie aparentemente, nadie se fija en tus sueños y en ese alguien que realmente queremos ser. La identidad no pasa por el trabajo que consigas, pasa por saber qué es uno realmente. No somos un numero nomas, esta sociedad nos trata como si fuéramos cosas en vez de personas. El mozo hizo un gesto de desdén al notar que había cambiado mi tono de voz.

Te quieren meter la idea en la cabeza de que si tenés tal título o si ganás tanto somos mejores personas y eso no tiene nada que ver. Estamos acá para saber lo que somos no para que venga alguien a imponerlo. Pero no importa lo que pienso aparentemente, tenemos que hacer lo que nos dicen que hay que hacer y nada más. Levanté el vaso. ¿Qué es lo que nos quieren enseñar?, ¿que nuestros sueños no se van a cumplir? ¿Eso es educación? De a poco dejan de enseñarte cosas y empiezan a enseñarte a ser esclavo del sistema y el que no se da cuenta sigue ese camino y así terminan todos.

Viejos de mierda enseñando que no vas a lograr nada de lo que te proponés porque lo mismo se les enseñó a ellos. Hay que salir de todo eso, hay que romper esos esquemas, para eso está la música, para eso están los libros, para eso está el arte: para ser libre de todo eso. Volví a levantar mi vaso.

Pero como tienen la cabeza tan lavada por querer ser libres nos tildan de vagos. A menudo me imaginaba triunfando como artista y cerrándoles la boca a todos esos hijos de puta que me quisieron "poner los pies en la tierra". Pronto mis compañeros de barra me abuchearon por lo que había dicho.

Volví a pensar en mi madre. Demasiadas preguntas y tan pocas respuestas. Era alguien tan inocente, tan pequeño y no tenía nadie a quien contarle mis problemas. Hasta el día en que los conocí a ellos. Se hacían llamar los ñeris, era un grupo de chicos y chicas amantes del rock, adictos al alcohol, que iban contra todo tipo de idealismo. No me acuerdo cómo sucedió porque el alcohol hizo un hueco en mi memoria, pero desde ese momento nos hicimos inseparables.

En esos días descubrí que en la soledad se conoce la amistad. Ellos tenían una especial sensibilidad frente al mundo y, por eso, a partir de sus adicciones buscaban escapar de él y no los culpo. Es difícil aguantar este presente, más con toda su vasta inmensidad.

Pero había una en especial, sus ojos verdes se llevaron todos mis sueños, sus ojos me dieron las palabras para rimar mil versos, recordaba su cuerpo sosteniéndome cuando por las noches caía, diciéndome que siempre estaría. Porque me cuidó tanto ahora tanto me cuesta valerme por mí mismo; el aroma de su pelo castaño, el martirio de mi alma marchita.

¿De qué me sirve sin ella que despierte mi conciencia?, ¿de qué me sirve la eternidad si no puedo compartirla? Los suspiros del agónico cielo de la noche estrellada que hace mucho murió me perseguían, e igual sentía que podían tocar su alma, consumiéndome en el tiempo. ¿De qué sirve si no está a mi lado? El gris  no es un color cálido, el miedo no es un agradable sentimiento.

Un móvil policial pasó muy lentamente por donde yo me encontraba. Al cruzar las calles intentaron detenerme.

–Mierda– susurré para mis adentros.

_Díganos sus datos, por favor.

_ ¿Por qué razón tendría que hacerlo?


= Capítulo 2: Mi Madre = Los policías casi pareciese que iban a quedarse y yo me preguntaba, ¿para qué quiere saber de mis madrugadas besando botellas y viendo al diablo llorar? Pero luego de un rato se fueron.

Luego de eso el mozo decidió apartarse y yo decidí continuar mi historia en mi cuaderno.         

Mientras recordaba las pinturas de paisajes y personas que había hecho, mi vida todavía parecía dividirse en lo que yo quería hacer y en lo que otras personas esperaban de mí. Veía el humo de cigarrillos del bar tan parecido en mi mente al humo de hojas quemadas de esta ciudad.

Cuando llegó la lluvia de invierno también llegó la tristeza de saber que un par de píldoras no suplirían los esfuerzos de alguien que le dedicaba más tiempo a la pintura que a otra cosa. Pintar era mi pasión y tal vez ganara menos vendiendo cuadros. Pero no cambiaría mi vocación por nada en el mundo.

Aun no sabía qué era correcto, necesitaba tiempo para decidir lo que quería, para ver si podía plasmar más que en solo mi cuaderno los poemas que guardaba. Despertarme y mirarme y saber lo que hago y si me gusta. Las cadenas de miles de sueños ajenos me ataban y ataban a toda la sociedad.

Supongo que mi madre me quería pero realmente no me entendía. A mí me gustaba pasarme el día entero pintando y escribiendo poesía, pero mi madre renegaba si por descuido manchaba uno de sus muebles o pasaba mucho tiempo sin salir de casa. Ella a veces sin querer mataba mi instinto creativo y yo a veces mataba su paciencia. Mi madre era feliz con mi familia y yo sin querer me autodestruía cuando no podía crear.

A menudo me sentía abandonado, abandonado como solo un suicida puede sentirse, y sufría tremebundos ataques de ira en el medio de desvaríos. Me la pasaba dando cabezazos, patadas y puñetazos contra la paredes. Y mi madre lloraba y yo lloraba, mientras los muebles y demás objetos eran arrojados a su fin por mi mano, entre sollozos y lamentos. Después venía el desvanecimiento cuando yacía inmóvil como dormido, con la mirada perdida, perdida en un sueño donde quizá sí pudiera encontrar a mi alma gemela misantrópica y demente como yo.

Febril y caóticamente, luego me levantaba y me lamentaba por lo que había hecho. Otra vez más había perdido la guerra contra mí mismo. La primera botella que había pedido ya estaba vacía y yo también. Luego yo me encontraba bien pero mi madre quedaba agotada y agobiada. Yo tenía un dios en mi interior y cuando mi autoestima estaba baja solía presumirle a mi madre que era él, pero mi madre no me entendía ya que ella creía en un dios que según ella se encontraba en el cielo y para mí ese dios ya había muerto hacía mucho y nadie adoraba a mi dios, ni siquiera yo mismo, por eso mismo a veces lo confundía con un demonio.

A veces lo único que necesita un hombre es una mujer que lo abrace, que pase su mano por su rostro, por su cabeza y lo haga olvidar, mientras él reposa entre sus piernas. Pero la soledad la conoce uno de primera mano cuando está solo en un bar a las 3 AM con un vaso de cerveza. Solos yo y la cerveza, así no es como empezamos, así es como nunca quisimos terminar. Me di cuenta de que en cada mujer que había amado estaba buscando la madre que me había abandonado.

-Ayúdenme- Supliqué ante la nada misma, al vacío eterno de la noche. Yo no estoy bien, sigo sintiendo que mi madre me ha abandonado y me pesa, sinceramente me pesa mi soledad.

Y ahora, apenas me soporto entiendo mejor las cosas. Pero el maldito espejo se deforma y ahora, ¿qué puedo hacer? Si después de tantas desdichas y miserias mis ojos que parecían ser totalmente negros estaban rodeados de rojo. Luego de tanta rabia, ira, llanto; luego de tantas carcajadas desenfrenadas. Ahora, ¿qué se supone que haga si me vi y en mis ojos tenía la mirada de la maldad? ¿Acaso trato de llenar el horroroso vacío con violencia? Soy una copa que está medio rota.

Esperaba paciente mi nueva muerte espiritual en ese bar, por la noche, a las tres de la madrugada, donde las ausencias se hacen más presentes que nunca y arden las estrellas. En un abismo de penas sin fin me dediqué a la abulia y a pendular, a contemplar la imagen donde no había otro incentivo que el vacío, el desesperante vacío. ¿Qué era yo? Solo otro hijo no deseado de la soledad, de la sociedad, de la suciedad.

Y al día de hoy sigo preguntándome: ¿dónde está mi mente? Dedicando mis semanas de violencia a padres que no están, tan difícil es mantenerse en pie cuando uno por dentro se derrumba. Sólo quiero dormir tranquilo y, al despertar, poder inventar una nueva excusa para alcanzar nuevamente la noche sin haberme volado los sesos. Y entre mares de gente, ¿cuánto tardaste en ahogarte en soledad? Y entre mares de gente, ¿cuánto tardaste en volverte uno más del montón?

Es cierto que tengo heridas en el alma pero sigo evitando las lágrimas para no manchar las páginas de mi cuaderno con mis pesares. Ira ciega; entre el sueño y el hambre, la luna y el sol, veo la gente, veo los lamentos que no le dicen a nadie. ¿Cuántas batallas más faltan para que esta guerra termine? ¿Será acaso que tengo el cuerpo fatigado y por eso mi mente se desmorona? Mi alma ya no sangra pero vomita la cerveza de las tres. Pensaba en Bukowski, pensaba en cuando la tristeza se vuelve tan intensa que se convierte en otra cosa, como en un vaso de cerveza.

Yo no estaba bien. No, a eso no se le podía llamar estar bien. Sostenía un bolígrafo en mi mano... noches en vela, pensando mientras escuchaba música. ¿Por qué todo había sido tan injusto? Sin embargo, no podía exclamar ni una sola palabra. Mis palabras habían sido arrebatadas de mi boca; sólo me dedicaba a pintar, a descargar presiones pintando. Yo quería ser un pintor y deleitar al mundo con mi arte, pero mis padres me decían que deje de perder el tiempo con estupideces y me concentrara en las cosas serias de la vida. Si ya no podía pintar sería alguien que le teme al propio vacío de su desesperación.

Me he hecho cenizas y he renacido como el fénix unas cuantas veces. Como un perdido, como un desolado, como un olvidado de su carne brotando endurecido y pálido como un adiós. Qué terrible crimen he cometido. He hecho de mi vida una poesía oculta en estos papeles. Nadie más que nosotros puede definir lo que somos ya que somos lo que elegimos ser. Ya no puedo llorar mis lágrimas: fueron reemplazadas por pastillas. ¿Qué será del infierno que se producía cuando nuestras miradas chocaban? Si el mundo ahora no es más que mi botella de alcohol, ¿dónde estará mi respuesta?

Recordé a mis amigos, recordé sus ojos rojos en la madrugada del tiempo, recordé que hacía mucho que no los visitaba, sus cabezas locas llenas de sueños, sus intentos fallidos de recuperar neuronas durmiendo, sus heridas, las melancolías de un presente, el momento en el que estuve por derrumbarme pero un amigo me tendió con firmeza la mano. Primero lloré en silencio y luego no aguanté el llanto. Lloré porque no hay arco iris que calme mi tristeza, camino que consuele mi desesperación, ni espirales que me guíen hacia adelante. A partir de ese momento buscaría la melodía en cada una de las cosas, cada lugar tendría su canción, su verso, su llanto, pero también su risa. En la esquina de la vida, en la vereda que alumbra y no alcanza a alumbrar el sol, trataría de oír el tono, las palabras que alguien allí susurró, o quizá nunca dijo, pero de igual manera quedaron allí impregnadas. Buscaría las palabras que me ayuden a amar mi destino en el viento, en el aire que este pueblo respira.

Capítulo 3: Clara

Seguía recordando. Esa había sido una noche larga y tortuosa. Morían los árboles y las flores en esa estación, también morían de a poco mis ganas de hacer algo. Escuchaba rock, la única música capaz de tocar mi alma.

Ellos, los ñeris, eran Clara, la chica con los ojos verdes más bonitos del mundo; Gualicho, su novio y mi mejor amigo; Anabel, una chica con un corazón roto y una cabeza loca llena de sueños, mi mejor amiga; Mateo, alguien ingenioso, creativo y brillante; Gina, una hermosa rosa negra; y yo que, a decir verdad, ya he hablado mucho de mí. Cada uno era un artista y un bohemio a su manera. Gualicho y yo éramos adictos al café, Clara prefería el té y amaba el vino, vestíamos pocos colores aparte del negro. Cómo los extraño.

Clara, ¿cuántas horas irrecuperables desperdicié? Y, ¿por qué ahora añoro el recuerdo de miles de eternidades que ya no tengo? ¿Por qué lo haces tan difícil? Claro que puedo vivir sin vos, pero no quiero hacerlo. Te quiero junto a mí. Ahora estoy escaso de suertes, me cansa tener tanta gente alrededor. Entre mares de gente yo me hundo en soledad. Si tú también lo hacías, ¿por qué te alejaste de mí? Si sabes tan bien como yo que hoy no acabaré esta tempestad, ¿por qué no vamos a dolernos juntos a algún lugar? Esta amargura termina si me doy cuenta al final que cada segundo contigo es lo que más importa.

Yo ya estallé, me hice cenizas, pero para volverme a armar no hay ninguna prisa. Permanezcamos dispersos en la nada, reconstruyámonos juntos. Que ya no seamos dos seres apartados, quiero que seamos uno. ¿Qué quieres que haga si eres lo único que no se rompió en mi corazón despedazado? Y cuando por fin pude escucharlo, lo único que hacía era repetir incesantemente tu nombre. La única luz al final del túnel fue la tuya y tú me mostraste que en realidad el túnel era tan sólo una ilusión. No te puedo olvidar, boicot de mi cabeza.

En mi mente quedan heridas que se desangran cuando las miras. Recuerdo cuando se desangraban mis palabras; recordé también cuando me desangré el alma por perderte y esa misma sangre la usé para pintar. Era verdad, no eras mía. ¿Acaso habrás olvidado o no has notado? Los suspiros que me provocabas, la paz que causabas en mí.

Yo perdí un poema que había escrito hacía mucho tiempo y no lo encontré por ninguna parte. Quizá su razón de ser, lo que provocaba su belleza, se había extinguido. O quizá, precisamente para no hacerlo, escapó de mi suerte. Para no correr el destino atroz de la muerte prefirió el destino atroz del olvido.

El poema era algo como esto:           

“Señorita, esta bella madrugada los lugares no son nada y los vicios libertad. Si escucha en el silencio malogrado hay ritmos desenfrenados y preguntas por hallar”

El poema que nunca pude decirle a Clara, la chica de ojos verdes, una más de los ñeris, la  chica que amaba. No recuerdo su risa ya, esa que me alegraba cuando los crueles sentimientos me invadían de madrugada.


Capítulo 4: Esos seres Editar

Ellos, los ñeris, fueron soldados que combatieron la guerra contra sí mismos. Algunos perdieron. Son payasos que comprendieron que la vida es un gran engaño. Son lo que eligieron ser, con sus cabezas locas, algunos con pastillas para soportar la vida. Ellos eran los únicos con los que me interesaba estar, porque habían sufrido como yo, conocían la decepción propia y ajena, las risas falsas que tratan de simular la alegría, el amor y el rechazo, la nostalgia…

Antes todo era tan divertido. La promesa de permanecer siempre juntos se ha roto. La soledad nos hizo caer juntos, pero cuando caímos nos rompimos y me perdí. Ahora siento miedo, demasiado. Desaparecieron mis amigos, aquella gente tan extraña. Extraño mucho los viejos tiempos, quisiera que volvieran algún día.

Con los ñeris nos perdimos en la noche a través de vasos vacíos, llenos, rotos, mientras el crujir de nuestra pena nos asustaba. Lejos ya de la luna, lejos ya del sol, de las estrellas, de la tierra.

Pisoteando hojas debajo de los árboles, aquellas hojas que el viento se negó a reclamar. Cuántas veces alguno de nosotros estuvo internado en hospitales, padeciendo diversas enfermedades, y se sintió de alguna manera cerca de las cárceles y de la guerra.

Vi en ellos, ojos que no brillaban, carne con temor que infundía miedo al alma. Vimos el pavimento roto por el calor, la lluvia, el tiempo. Recordamos a las personas que se desvanecieron de nuestras vidas. Ambiguas vidas teníamos, profundas heridas nos  habían dejado. Estábamos dando vueltas por ahí sin sentir el último giro de la noche que prefigura al día, sin saber dónde ir, dónde regresar, sintiendo que no pertenecíamos a ninguna parte.

Filosofando o inventando alguna loca poesía sin sentido, recordando nuestros  proyectos no alcanzados, cansados, cansados de todo, consolándonos el uno al otro para no llorar.

Sin saber cómo vivir, eternizando nuestra soledad, mandando a la mierda el universo sin poder aceptarlo.

Sentíamos hambre y desesperanza. Íbamos viendo las sombras, la ceniza, la poesía de este pueblo. Recordábamos los llantos y los crímenes, las noches de intoxicación que habíamos vivido juntos. Recordábamos cuando vimos  los techos volándose por el viento y escuchamos las motos pasar.

Ahora nosotros éramos como perros vagando incesantemente en la noche; como fantasmas recorriendo todo el pueblo. Y nos callábamos muchas de las injusticias que cometían nuestros padres solo por temor, el temor a no saber vivir.

Pero igual reíamos, reíamos mucho en la noche para no sentirnos tan solos. Mala música de vez en cuando sonaba, peor letra tenía. En el pueblo había cajas, cartones, cartoneros, yo respirando la oscuridad, tosiendo como un perro, decadente como el amarillo, camiones como el de mi padre, camionetas como la maldita camioneta que no se paró a ver qué atrocidad había hecho sin decir una palabra, sin pedir una disculpa cuando mató a mi perra, lágrimas, lágrimas empezaron a correr por mi rosto, saladas, no dulces como la sangre, horrores, terrores, cielo lleno de lamentos, muerto en agonía, pútrido en esencia, escaso de sentimiento, ausente de alegría. Nos tropezábamos una y mil veces con la misma piedra. Las puertas de mi casa estaban cerradas, las ventanas abiertas.

No queríamos ser esclavos de los relojes pudriendo sus sienes. Queríamos ser diferentes. Algunos de nosotros éramos personas que cortaron sus muñecas y no lograron su objetivo y lloraron por sentirse tan solos. Nos habíamos quemado por dentro y algunos nunca pudieron ser el fénix luego de ser reducidos a cenizas. Veíamos publicidad basura, taxis que nos llevaron muertos en nuestra pena y vivos en nuestra gloria por igual. Bebíamos y éramos borrachos que no pudieron llegar a la absoluta realidad ni escapar de la otra.

Veíamos las luces y las personas que nos rodeaban y pasaban. Recorríamos las grises calles. Sentí lastima por los caminantes de mi ciudad, repitiendo incesantemente lo que dicen los demás sin pensar siquiera una vez por sí mismos:

“¡Enfermos! Ustedes no vivieron nunca.”

Nos aturdíamos todos los sentidos, éramos los desesperados que no hallaron consuelo, éramos los saltos en masa de quienes se querrían sentir bien. Quienes buscaron a dios en las iglesias, quienes se cansaron de intentarlo.

Éramos las lágrimas, los dedos, las cortadas, las coartadas, las pupilas, los pupilos, los locos del pueblo, los sabios de la mente, la fatalidad, los libros que habíamos leído, el  periodo interminable de tiempo entre las tres y las cuatro de la madrugada, los teléfonos sin señal, la fiebre y las alucinaciones por la fiebre, los paquetes de cigarrillos que nos habíamos fumado, el fuego que no prendía, los ocasos, los ojos rojos en la madrugada del tiempo. Vimos las destellantes luces frente a la laguna, recorrimos las casas en la cima de las calles o en la cúpula del barro. Los caminos sin camino, las estaciones de gasolina abandonadas, los callejones sin salida.

Los  suicidios, los colores, los rayos asustando a la gente, los sauces llorones. Éramos todo y nada a la vez. Unos desconocidos, unos olvidados, unos muertos, unos incinerados, los huesos, los fantasmas en la noche. Y, pese a reconocernos efímeros, nos sentíamos eternos

Estaba sentado al lado de Anabel. Ella parecía destruida, su mirada traía tristezas y angustias. Hacía mucho tiempo que a ella le habían roto el corazón y ahora lo tenía duro como una piedra. Sin embargo, su cabeza loca llena de sueños nunca se vació y siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás cuando lo necesitaban.

_ ¿Qué te pasa?

_Nada

_ Y entonces, ¿por qué tenés esa cara?– contestó Mateo.

_ Es que hay  gente persiguiéndome, tal vez incluso ahora mismo, eso no me deja dormir por las noches.

_ Te entiendo, a mí me pasa lo mismo– le dije.

Todos los demás también confesaron haberse visto o sentido acechados.

_ Tal vez sea solo una coincidencia– dijo Gualicho.

_Imposible. ¿A todos al mismo tiempo?– dijo Gina.

_Tal vez alguien que nos conozca, alguien que quiera hacernos daño, anda inventando mentiras sobre nosotros – dijo Clara.

Pase varias horas en la biblioteca, informándome, hasta que me cansé de no encontrar nada que ya había leído. Entonces, un libro cayó de su estante. Lo ojeé un poco para ver de qué se trataba: era un álbum con distintas fotografías y dibujos del pueblo. Mientras pasaba apresuradamente las páginas, intuí de que se trataba de uno de esos libros prohibidos llamado “Espirales de tinta”

Senti un ruido cerca mio, me asusté y tiré el libro,me fije si se acercaba alguien, nada, finalmente me ganó la curiosidad y me dispuse a llevármelo a mi casa.


= Capítulo 5: El siniestro = Una de esas noches en las que solíamos juntarnos, fuimos a la plaza donde siempre íbamos a hacer lo que siempre hacíamos y vi la luna. Sobre las dos torres de la iglesia de esta ciudad, su lúgubre aspecto inundaba de tensión todo el celaje nocturno, quebrando la pared entre lo tangible y lo ilusorio. El silencio sólo era herido por los aullidos de los perros. Ese umbral que dejaba la luna me provocaba una horrible locura, al igual que los traumas familiares que acumulaba. Quebrándome los sentidos, matándome lentamente, como un dulce veneno, como el aire.

Todo el paisaje tenía algo inocuo. Era como atravesar la noche oscura del alma. Ese algo aquietaba mi mente, ese algo afligía mi corazón. Me vi a mí mismo en el futuro, me vi desalentado, me vi cansado, acabado, abatido, agotado, sumergido en un ambiente gótico. Una fuerte crecida del viento me extenuaba. Era un mal augurio.

Todo lo relacionado con ese paisaje era un solo ser: Clara, Gualicho, Anabel, Mateo, Gina y yo. ¿Partes de un mismo todo? ¿Destinos Cruzados? El mundo podía entendernos por separado pero no como una unidad. Les mostré a los ñeris el viejo álbum de fotos que había encontrado en la biblioteca.  

_ ¿Qué vamos a hacer?– les pregunté.

_ Hay que contárselo a todo el mundo. Hay gente que nos persigue, inclusive ahora, y sea lo que sea ya existían desde mucho antes– dijo Anabel.

_Imposible, nadie nos creería– dijo Gualicho.

_No se trata sólo de nosotros, pensá en los desaparecidos dijo Clara.

En el largo transcurso de la noche nos quedamos sin alcohol. Fuimos con Mateo a un kiosco cercano a comprar más, cuando de pronto se empezó a oír un extraño sonido. Era como un silbido. Entonces lo vi, vi a ese siniestro ser que nos perseguía por las noches. Su rostro me parecía familiar. Nos miramos fijamente y algo me hizo presentir que ya lo conocía, su imagen me produjo escalofríos. Desde ese momento dos preguntas me acecharían por siempre: ¿quién era él?, y ¿por qué me parecía tan familiar? Me volteé un segundo para decirle a Mateo:

_¿Qué es eso?

Él se quedó estupefacto frente a la situación. Mi curiosidad ganó y volví a mirarlo. Pero para mi sorpresa, él ya no estaba y Mateo tampoco. Volví corriendo desesperado junto a los ñeris.

_ ¿Qué pasó? ¿Dónde está Mateo?– preguntó Gina.

Rompí en llanto.

_ Quiero vengarme.

_ ¿De quién?

_De mi suerte, del mundo, de esta ciudad que es lo que más odio.

Ese ser tocó la frente de Mateo y él empezó a gritar, cayendo al piso.

_ Lo que sientes es un dolor tan agudo como quemar cada parte de tu ser.

Ese ser se divertía con su víctima.

_ ¡Callate! O tu sangre regará mis plantas.

Mateo se levantó con la cara crispada del dolor, tratando de autoconsolarse.       

_Amo el sufrimiento ajeno, tanto como odio el propio. Ahora los ñeris verán cómo la sangre de uno de los suyos fue derramada en el suelo por mí Este es tan solo el principio, ahora no te me desvanezcas. ¡Eres súper entretenido! ¡Casi me preocupas...!

_¿Quiénes son y porque nos persiguen ?

El ser lo embistió y sujetó su cuerpo amarrándolo para empezar la tortura. Mateo, que recién reaccionaba, miró a su alrededor. Pensaba que esa bestia intentaría matarlo. Su mente se ausentó mientras ese ser seguía torturándolo. Él sintió su respiración en la nuca, se sintió denigrado. Miró el lugar, no había ningún elemento contundente, nada que pudiera utilizar, sus puños estaban atados. Ese ser respiraba con fuerza mientras gozaba viendo caer sus lágrimas, él quería sus venas. Mateo comenzó a sentir verdadero dolor.

_Veo que tu dolor ya ha comenzado.

_ ¡Por favor, dejame! ¡Duele, duele mucho!

La sangre empezó  a brotar de su cuerpo.

_ Te duele, ¿no? Pero si apenas empiezo. Hacía tiempo que no veía sangrar a nadie por mis propias manos. Eso me gusta... Ahora siente la presión en tu garganta, tose e intenta respirar en vano, huele el hierro del plasma.


Capítulo 6: Mi casa Editar

Pasaron las semanas pero nosotros, su familia e inclusive el pueblo entero nunca dejamos de buscar a Mateo y a los demás desaparecidos. Nunca podría decirle a nadie lo que vi cuando los vi a ellos, porque su naturaleza era de un horror indescriptible.

Uno de esos días en los que regresaba a mi hogar, noté a ellos viniendo y espiándome una vez más. Podía notar las señales, las nubes se habían amontonado y acrecentado, el viento era cada vez mayor, más frío, más fuerte, al igual que los relámpagos. Sin embargo, pronto cesarían para dejar al pueblo como siempre había estado, en la solitaria penumbra inhumana.

Las farolas de la calle tiritaban intermitentes, el tiempo parecía haberse descontrolado, los árboles casi parecían haber cobrado vida y ahora se encontraban en extrañas posiciones. Había miseria volando alrededor mío.

Llegué a mi casa.

_ ¿Este era el lugar en el que yo siendo apenas un niño quería vivir?– exclamé ante la nada misma, ante la neblina que cubría la  vasta extensión del terreno.

Una pregunta sin respuesta que se perdería a través de los años en mi mente y lo más profundo de mi ser.

Vi todos mis sueños rotos noche tras noche; ahora eran pesadillas. Entré por  la sala de estar y subí las escaleras que me separaban de mi dormitorio. Me  encontré con mi cuarto completamente desordenado. Los libros estaban esparcidos por doquier. Algun lunático se habría metido a mi cuarto a robar y como no encontró nada se fue.

Luego de eso las horas pasaron rápidas, sin apenas sentirlas. No podía recordar lo que había sucedido; lo que sí podía sentir era cómo, poco a poco, por el desgaste emocional de la situación me volvía más vulnerable. Logré percibir cómo sucumbía al tedio y era dominado por el cruel paisaje de mi hogar, sin siquiera sentir la fuerza necesaria para salir de la casa.

Hacía viento de noche, pero no era el viento y nada más. Un cuervo se posaba en una rama marchita que daba a mi habitación, y el cuervo dijo "Nunca Más".

Recordaba mis ataques de pánico. Era uno de esos días en los que esos seres me acechaban. Sentía dolores, pero no había dolores, sólo eran ilusiones. Estaba dando pasos hacia atrás, retrocediendo aunque me habían dicho que no lo haga.

Los labios de las demás personas en mi casa se estaban moviendo pero no los sentía exclamar palabra alguna. Hundido en mi somnolencia eterna, no podía oír lo que decían. “¡Guerra!”, se escuchó cuando todo lo demás en mi había callado.

Ardor en la piel, tristeza inyectada. Mis pulmones revientan y no puedo moverme más. Ya no importaba si me autodestruía con mezclas de antidepresivos, ansiolíticos, demás píldoras y alcohol... Sólo son venas que se gastan, y un cuerpo que siempre sana, aunque a veces no quisiera que lo haga tan rápido. “No habrá más dolor”, trataba de autoconvencerme, “no habrá más dolor a menos que lo considere necesario, necesario para vivir”.

-Yo no soy así, ¿por qué me he acostumbrado a sufrir?

Me sentía enfermo, no podía salir de ahí. Mis pasos cada vez se hacían más rectos, más parecidos a los de ellos que nos acechaban a mí y a los demás ñeris. veía nacer oscuridad en mi interior, convirtiéndome, mutando.

No me podía dormir y fui a bañarme. Al secarme frente al espejo, sentí un horrible escalofrío. Estaba detrás de mí, ahí parado, blanco; y yo tieso, paralizado. Casi como susurrándome me dijo:

_Todos van a morir...

Tomé la navaja que usaba para afeitarme y cuando volteé ya no estaba.

Yo estuve y quizá aún estaba sin saber qué hacer. Era y sigo siendo simplemente un diablo triste. Mis horas son deshoras. Mis problemas, tormentos que a nadie interesan o, peor aún, las demás personas se alegran de que yo los tenga. ¿Qué me está pasando?, ¿por qué no podía dejar de pensar? Las malditas dudas en mi cabeza no paran y no hay manera de seguir transitando este absurdo. Cuando no se sabe qué hacer, la gente que piensa distinto que yo, la gente que me quiere matar, es la única que siempre está cerca mío.

Pronto su voz se pudo oír en el pueblo mientras pronunciaba su discurso…

Nosotros con nuestros bastones salimos como los cazadores que somos en busca de nuestra presa, bajo la noche, bajo la lluvia, la soledad.

Tan sólo mira a mis compañeros, tan sólo dime qué es lo que sientes, adivino que te sientes aún más inseguro ahora…

Porque aquella vez que habías sentido miedo, fue cuando tu mente se percató de mi existencia por primera vez.

Soy la pesadilla de la que nunca despertarás.

Soy la muerte que viene a buscarte y, cuando te des vuelta, me aparezca y me veas y sólo eso baste…

Escondidos yacen todos mis trofeos... en fosas bajo tierra donde ningún espíritu osa aventurarse.

¿Sabes que estoy ahí?

Tan solo calla porque esos seres pueden escucharte y no mires atrás porque éllos pueden verte. Está desapareciendo el tiempo y ves la noche más larga. Ya ha llegado el fin, esos seres despertaron, esos seres ya están aquí.


= Capítulo 7: La casa rosa = Como todos los días, me embriagaba recorriendo los alrededores de mi barrio. La cerveza tenía gusto a sangre, veía pasar escasas personas, del tipo del que de ninguna manera podría concebir las ideas que se generaban en mi cabeza. Sabía que la tormenta volvería a pasar, ella siempre estaba presente en mi interior. Los días grises no querían salir de mí o, quizá, yo no los dejaba escapar porque me había acostumbrado a ellos. Tal vez los días grises ya no sabían cómo vivir sin mí.

Luego de eso regresé a mi casa. Mi madre estaba revisando antiguas fotografías, por lo que decidí también hacerlo, hasta que encontré una en particular. Era de los ñeris, de cuando éramos jóvenes y recién nos conocíamos. Estábamos en la casa rosa abandonada de la laguna. Una sensación de escalofríos nuevamente se apoderó de mi cuerpo. Eran éllos, estaban ahí detrás de nosotros como una sombra.

Esa noche, de tanto pensar en aquella fotografía, el recuerdo se materializó en una pesadilla. Recordé ese día casi a la perfección, el momento en el cual nos adentramos en esa casa. Sin embargo, ahí Mateo estaba herido y pedía ayuda. Me desperté exaltado, transpirando frío. De pronto, un pensamiento surgió en mi cabeza: la casa rosa, ahí era donde podía estar Mateo. Decidí reunirme con los ñeris.

Partimos esa misma noche a pesar de que una horrible tormenta se había desatado. La negrura vacía se arremolinaba a nuestro alrededor. Murmurábamos entre nosotros, mientras continuábamos con el viento en nuestra contra.

Algo se sentía un poco extraño, no sé si eran los grandes truenos que caían, o los relámpagos que a veces parecían mostrar horrorosas figuras fantasmagóricas que en realidad no estaban allí, Como sea.

Todos miramos en silencio la casa abandonada. Había algo oscuro allí, pero una parte de nosotros nos decía que entremos. O, esos seres querían que entráramos.

_ ¿Vive gente cerca de aquí?– preguntó Gina, a lo que Gualicho contestó: _No, hace mucho tiempo que nadie lo hace.

Se podían escuchar las hojas romperse mientras caminábamos, el crujido de las hojas parecía demasiado alto para dar cuenta de tan solo nuestras pisadas.

_ ¿Ven algo?– preguntó Clara.

__Nada– le contesté.

Entramos por una de las ventanas, Esos seres estaban ahí, no había duda alguna de eso. El lugar parecía haber sido refaccionado, quizá por esos seres. Aun así sentía lo que había sentido la primera vez que había entrado allí: un ambiente tenso en el aire. Había botellas de cerveza tiradas y expedientes en las paredes. De pronto notamos algo que antes no estaba y ahora sí existía en ese lugar: era un sótano.

Nos dispusimos a entrar, pero antes miramos hacia afuera de la casa. Nada. La calle estaba desierta, adentro había mucha humedad y vidrios rotos.

Pronto sentimos como si algo se ocultara más allá de nuestra línea de visión. Un extraño ruido.

_ ¿Quién está ahí?– preguntó Gina.

El ruido empezó a hacerse cada vez más fuerte mientras la tensión entre nosotros aumentaba.

_Basta de distracciones, continuemos.

Continuamos nuestro recorrido por la casa. La lluvia chocaba contra nuestras espaldas fuertemente, estábamos empapados. En ese mismo momento, sin saber yo por qué, me detuve lentamente. Mi visión empezó a tornarse borrosa, y un fuerte ruido fue creciendo dentro de mi cabeza. Lo que oía no era más que un producto de mi imaginación ya que, ignorando el ruido de la lluvia, todo estaba completamente en silencio.

_ ¿Qué te sucede?– preguntó Gualicho.

Pero yo no contestaba. Caí de rodillas y pronto me sentí solo en medio de la casa, mientras me sujetaba a la barandilla de la escalera y oprimía fuertemente la frente con una de mis manos tratando de calmar el repentino ataque de migraña que en mí había surgido. Giré mi vista en la dirección en la que se encontraba una difusa imagen de mis amigos y exclamé:

_ ¡Mi cabeza!

Estaba desequilibrado, el agua, la fría agua me paralizaba, mientras yo era incapaz de contenerme.

_No lo soporto más…

_Concentrate, no tenés que perder el control– dijo Anabel.

El ruido y la lluvia que me ahogaban poco a poco comenzaban a inquietarme más. Era más que una simple molestia. Desde mi dolor caí al sótano. Cuando mis ojos se reajustaron a la oscuridad, la visión borrosa desapareció y vi algo de color blanco, como flotando por encima de mí. Mi mirada se centró rápidamente en eso, pero lo que había estado en frente mío hasta hacía algunos segundos ya había desaparecido.

_ ¿Quiénes son?

Comencé a reírme. Mi mente estaba en otra parte ya muy lejos de allí.

Grité desde la parte superior de mis pulmones con la esperanza de recibir algún tipo de respuesta. Cuando empecé a caminar de nuevo, sentí un leve hormigueo en el cuello. Ya no era mi cuello

No lo soportaba más. Comencé a golpear fuertemente mi cabeza repetidas veces contra la pared.

_ ¡No! ¿Qué hacés?– preguntó Anabel.

_ ¡Quiero sacármelo de la cabeza!

Seguí golpeando hasta que finalmente comencé a sangrar.

_ ¿Ya ha terminado todo?– les pregunté. Entonces todos oímos una voz susurrante:

_No, tan solo es el principio.

Las botellas que estaban esparcidas por el suelo estallaron. Mis amigos me preguntaron si estaba bien, pero no respondí. La ansiedad me llevó lejos y de a poco empecé a sentir el dolor que paraliza mi cuerpo y a la vez me hace temblar. Estaba vivo, pero mi cuerpo perdía el sentido. Se me estaba yendo la situación de las manos y las luces más fuertes empezaban a brillar y a chocar contra las paredes.

Estaba fuera de control. De algún modo había dejado ir con la ansiedad el sentido de mi cuerpo. No quería compasión alguna de nadie… Estaba vivo, pero incluso mi vida perdía el sentido si la ansiedad me llevaba a esa maldita lejanía.


Capítulo 8: La tormenta Editar

Luego de eso dejé de reunirme con los ñeris debido a mis ataques de pánico y sentí un enorme vació en mí ser. No recordaba cómo había logrado salir de allí. Supongo que luego de lo ocurrido, algunos se fueron a estudiar mientras otros todavía debían terminar la escuela; yo me dediqué a escribir y a pintar, como también a la bebida. En una de esas lagunas mentales en las cuales me sumerjo mientras pienso se había hecho demasiado tarde, por lo que decidí salir del bar. Recuerdo que antes de irme el aroma estaba enrarecido, algo raro sucedía en mí… llovía y no sé por qué sentí la necesidad de ir a la casa rosa, en ese preciso instante.

En el medio de la plaza, veo las luces y las personas que me rodean y pasan. Intento frenar el denso aire del lugar inútilmente, recorro las grises calles de esta ciudad, pienso que mi drama no es si el vaso está medio vacío, mi problema es con la botella. Conozco cada rincón, cada recoveco de este pueblo. Suenan las campanadas de la iglesia y me doy cuenta de que estaba jugando con el tiempo, ese mismo tiempo que se me escapa de las manos.

Tú no has visto esta ciudad como yo, no has caminado solo por el medio de sus calles en una madrugada sin temor a que un auto te mate, no has visto sus luces reflejarse en la laguna, no te has perdido voluntariamente por los senderos detrás del cementerio y has ido a parar al Fonavi y tampoco te has detenido a observar sus grafitis, de esos que rezan oraciones como “¿A dónde están los poetas?” o “No somos imposibles”.

No sabes lo que es sentir que de tu nada no puede surgir ningún todo, que te llenas de ausencias. Mi mirada estaba agitada de tanto pesar, mis parpados rojos como la sangre frente al desesperante vacío que no se puede sellar. Me pregunté ¿qué habrá sido de tu vida? al ver las antiguas versiones de mí reducidas a cenizas. Es insoportable ya el asqueroso vacío. En este lugar para mí ya no hay hogar, silencios como cuchillos me apuñalaron. Mi alma no puede despertar nuevamente de su descanso, se apagó luego de tantas torturas y lamentos. Ahora vive en letargo, sus heridas son lágrimas. Si mi ser se desangra no es tu culpa. De todos modos, ¿qué vas a hacer? Si esta pena no me mató antes no lo hará ahora; sólo esperaré a que por fin pueda pasar el amargo malestar de las horas.

Me quedé mirando el abismal celaje nocturno con firme recelo, fijo en un mismo punto mientras veía la pálida luna llena y trataba de parar el viento frío que estaba golpeando mi cara. Y de repente, una sensación de escalofríos me llevó al medio de un colapso emocional, y sentí que todo el horizonte me cubría en su aurora de pena. Había perdido el sentimiento de mi espíritu, había perdido lo que me sustentaba y ahora ya no sabía dónde estaba mi mente.

Este era un lugar donde risas me producían llanto y ecos. Contemplé el cruel paisaje que me rodeaba. Hacía frío y una espesa niebla rodeaba esos lares. De mi nariz estallaron venas y empezó a sangrar. Seguí explorando minuciosamente el lugar. Sofocado por el polvo me sumí ante el asombro.

El patrón de la vida humana se retorcía en el pasado y en el futuro, y el presente eran unos zarcillos de pensamientos redondos. Dejamos que nuestros corazones se corrompan y en un solo quiebre de razón, una eternidad de recuerdos quietos y apaciguados nos atormentan.

Los alcanforeros sentían la presencia que avanzaba y acechaba allá donde ningún espíritu osa aventurarse. Un fuerte viento despeinó mis cabellos y lo que se puso delante de mí era similar de cierta manera a hombres, pero no... A eso no podían llamársele hombres: eran rostros pálidos, blancos, que ya había imaginado en mi mente tiempo atrás, después de establecer contacto por primera vez con semejante criatura en aquella otra ocasión... Pero ahora era distinto, No sabría cómo explicarlo. El temor que en mí provocó era absoluto. Sabía que esa sonrisa dibujada en el rostro pronto me hablaría.

– ¿A dónde vas a estas horas de la noche?

No pude huir de eso que me rodea y sonríe obscenamente. Apelo a la astucia que no tenia. Éllos comienza a envestirme, me sondea con su cara.

_ ¡Mirame! ¡Mirame!

_ ¡Dejame en paz!

Escuchaba mis gritos y el susurro de almas en pena dando su último suspiro. Un diluvio amenazaba. Era la arremetida más voraz del cielo que había visto en mi vida. Sólo podría describir el paisaje que se solventaba por arriba mío como un cielo siniestro, algo parecido a un tifón, flotando incesantemente y latiendo. Era un enorme cúmulo de sombras aún más negra que la noche, una nube informe de humo. Resonaban en mi cabeza los histéricos alaridos de esa bestia. Su figura era casi indescriptible, era lo más tenebroso que jamás había visto en toda mi vida. Ese monstruo habita en la más sombría y mórbida oscuridad; sus gemidos son de demonio invisible, del horror que surgía a través de las aguas verdosas. Era una extraña fuerza o entidad, la liberación de algo malo, de una oscuridad infinita que estaba ahí, porque sabía que iba a hacer algo horrible y se alimentaba del miedo y de la incertidumbre de mi duda. Sabía que ni bien me distrajera se tornaría de una tonalidad más oscura que la oscuridad misma.


Capítulo 9: El amanecer Editar

Un amanecer, lo último que recuerdo es un amanecer.

Me encontraba herido, parecía haber salido de una pelea. Todas las personas de Veinticinco de Mayo estaban ausentes ¿Estarían en sus casas?, ¿tan temprano? O quizá… algo habría ocurrido con ellas, debería estar pudriéndome en el infierno.

_ Sólo es un momento malo y pasará– me dije a mí mismo.

Alguna vez, hace mucho tiempo, fui acallando mi mal sentir con una sonrisa fingida por días, meses, años. Hasta que llegó un momento en el que no lo soporté más y me sentí tan miserablemente humano en la solitaria penumbra inhumana; y de a poco lo voy recordando, que el mundo ya no es el de antes y yo tampoco. No sé cómo he sobrevivo a tantas muertes y a tanto dolor.

No importan mis acciones, no importa lo que elija ser. Siempre termino acosado por la noche y el siniestro miedo a la muerte de la humanidad… Quizá haya algo mal en mí y por eso aun creo que puedo ser más fuerte que todas esas noches que intentan derribarme.

Ni siquiera pude cambiarme a mí mismo. Menos podría pretender hacerlo con el mundo. Algo se quebró en mi interior cuando el mundo se quebró, cuando este libro se quebró. No sé a decir verdad de qué, pero sentía arrepentimientos, arrepentimientos que me carcomían el alma. Necesito tiempo para pensar, para sanarme.

Los recuerdos poco a poco volvían a mi mente aunque desordenados. La desaparición de Mateo, una discusión con los ñeris, no el motivo. Luego imágenes sueltas de cómo el mundo se fue a la mierda y se convirtió en un infierno y, finalmente, de vuelta un amanecer. Todo lo que recuerdo es un amanecer.

_ ¿Quién soy? -Le pregunté a un charco.

¡No lo podía creer! Recordé a mis amigos quemándose vivos y, por último, a Mateo con un cuchillo clavado. Casi puedo ver qué mano se lo estaba clavando. Una mano huesuda y alargada. Era tu mano.

Capítulo 10: El Diario Editar

Hola, si estás leyendo esto es porque encontraste mi diario. Yo, de ser vos, no hubiera continuado leyendo, porque tan solo en el final descubrías que  esos seres son :

Ustedes, los lectores, que se desdoblaron en mí y me ayudaron a avanzar en la trama.     

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